ESCULTURA
Concibo la escultura como una construcción donde la forma define el espacio y el espacio define la obra
La escultura ha sido, desde el inicio de mi trayectoria, un territorio fundamental de investigación y pensamiento. Es en ella donde he desarrollado un lenguaje propio basado en la geometría, la estructura y la percepción, articulando formas que buscan construir presencia y abrir nuevos modos de relación con el espacio. Para mí, la escultura no es únicamente un objeto material, sino un sistema de organización del entorno; un dispositivo capaz de transformar la mirada, ordenar el ritmo visual y activar una experiencia que vincula cuerpo, lugar y forma.
Mi trabajo escultórico ha evolucionado a través de diferentes escalas, materiales y procesos, manteniendo siempre una misma preocupación: cómo el pensamiento puede generar la forma. En cada pieza exploro la tensión entre estabilidad y apertura, entre masa y vacío, entre lo lineal y lo expansivo. Esta investigación me ha llevado a desarrollar un lenguaje donde utilizo diedros, que combina precisión geométrica con sensibilidad espacial, permitiendo que la obra dialogue tanto con el interior expositivo como con el paisaje exterior. Los diedros son una señal identitaria de mi escultura.
A lo largo de los años, he abordado la escultura desde perspectivas diversas — pequeño formato, obra en estudio, ensamblajes, series modulares, escultura pública o intervenciones específicas— entendiendo cada una de ellas como una extensión distinta de una misma línea de investigación. El material, la escala y la ubicación no determinan el sentido de la obra, sino que amplifican su capacidad de articular relaciones entre forma, luz y territorio. En este proceso, la escultura se convierte en un campo abierto donde la construcción, la percepción y la lógica espacial se entrecruzan para generar nuevas lecturas.

Mi práctica escultórica forma parte de un recorrido más amplio dentro del arte contemporáneo, un territorio en el que las fronteras entre disciplinas se desplazan, se superponen y se reformulan continuamente. En este contexto, concibo la escultura como un eje que articula múltiples lenguajes: dialoga con la pintura en su investigación sobre la superficie y el ritmo; con el dibujo en su exploración de la línea, la estructura y el pensamiento geométrico; con la obra gráfica en su interés por la serie, la repetición y la variación; y con la dimensión arquitectónica del espacio público, donde la forma adquiere un carácter activo, urbano y territorial. Esta transversalidad ha configurado un corpus coherente, sostenido siempre en la investigación formal, el rigor conceptual y una atención constante a la experiencia perceptiva.
Cada obra, independientemente de su escala o material, se convierte para mí en una reflexión sobre cómo habitamos el espacio y sobre cómo la forma puede generar un pensamiento que no necesita palabras: un pensamiento silencioso, preciso y estructural. La escultura me permite indagar en las tensiones entre equilibrio y apertura, entre volumen y vacío, entre orientación y tránsito, creando situaciones donde la percepción se vuelve consciente de sí misma.
En definitiva, la escultura es para mí una herramienta de conocimiento: un modo de interrogar la relación entre forma y mundo, entre estructura y percepción, entre materia y luz. En ese cruce —donde la obra aparece como un organismo que ordena, revela y transforma el espacio— es donde mi práctica encuentra su sentido y donde mi investigación continúa desarrollándose de manera natural, abierta y en constante diálogo con el entorno , obteniendo esa definición de “unicidad espacial”, que caracteriza singularmente mi trabajo escultórico.

La escultura articula el núcleo de mi investigación espacial.
A través de ella he construido un lenguaje basado en la geometría, la estructura y la percepción. Cada pieza plantea una relación precisa entre forma, luz y espacio, donde el cuerpo y el entorno participan activamente. La escultura se convierte así en un sistema de organización del espacio, capaz de ordenar la mirada y activar nuevas lecturas. Es en esa tensión entre construcción y percepción donde la obra adquiere presencia y sentido.










